“Pensamientos intrusivos o mandatos familiares: cómo reconocerlos y liberarte para disfrutar de tu vida”
Cuando tu mente no te deja disfrutar: pensamientos propios o mandatos heredados
¿Alguna vez has sentido que tu mente te sabotea justo cuando más quieres disfrutar? Ese momento en el que todo parece encajar: el plan perfecto, la compañía perfecta, incluso tú con la mejor disposición… y de repente, aparece una vocecita interna que no pidió invitación.
“¿De verdad crees que mereces esto?”
“No deberías estar aquí.”
“Esto no es para ti.”
Sí, esa voz que arruina el momento como quien aparece en una fiesta con mala cara y comentarios fuera de lugar.
Lo primero que quiero decirte es: no estás sola y no te estás volviendo loca. Esa vocecita es real porque está dentro de ti, pero no necesariamente habla desde tu autenticidad. Muchas veces habla desde algo mucho más antiguo: los mandatos familiares heredados, esos mensajes que creciste escuchando (o intuyendo) y que se quedaron grabados en tu mente y en tu cuerpo.
¿Qué son los mandatos familiares?
Podríamos definirlos de forma académica como "mensajes transmitidos por la familia y la cultura que condicionan nuestra manera de pensar, sentir y actuar". Pero para no sonar como un manual de psicología, te lo digo así:
Los mandatos familiares son como aplicaciones que te instalaron en el sistema operativo sin preguntarte si las querías.
Algunas son útiles, como aprender a no cruzar la calle en rojo. Pero otras son auténticos virus: se meten en tu vida adulta, se actualizan solas y de pronto están interfiriendo en tus relaciones, tus decisiones, tu manera de disfrutar… incluso en tu sexualidad.
Lo más interesante (y desafiante) es que esos mandatos sí son tuyos, porque en algún momento los aceptaste y los hiciste parte de tu forma de vivir. No son "culpa de otros". Pero tampoco son la única verdad: son solo una parte de tu historia.
Ejemplos de mandatos que quizás reconozcas
“No molestes, pasa desapercibida.”
“Una mujer decente no hace eso.”
“Debes ser fuerte, no muestres debilidad.”
“Piensa en los demás antes que en ti.”
“El placer es peligroso.”
¿Te suenan? Algunos parecen inofensivos, pero cuando se repiten desde la infancia, se convierten en reglas internas difíciles de cuestionar. Y lo más duro es que suelen salir justo en los momentos donde quieres libertad y autenticidad.
Cómo se manifiestan en el día a día
Los mandatos familiares no se presentan diciendo: “Hola, soy tu mandato, vengo a fastidiarte”. No. Son mucho más sutiles: se disfrazan de pensamientos propios.
Ejemplo:
Estás en un concierto, disfrutando de la música… y de pronto tu cabeza te dice: “Estás perdiendo el tiempo, deberías estar haciendo algo útil.”
Estás a punto de tomar una decisión importante para ti, y escuchas: “¿Y si te equivocas? Seguro haces daño a alguien.”
Te estás entregando al placer con tu pareja, y aparece: “Qué vergüenza, esto no deberías hacerlo.”
En esos momentos, parece que el boicoteo viene de dentro. Y sí, viene de dentro porque ya forma parte de ti, pero no es tu esencia auténtica. Es el eco de lo que te enseñaron.
El cuerpo como mapa de estos mandatos
Aquí viene algo fascinante: no solo es la mente la que repite estos mensajes. El cuerpo también los guarda.
El nudo en la garganta cuando quieres decir lo que piensas.
El peso en los hombros que llevas aunque no cargues nada físico.
El estómago cerrado justo antes de permitirte un momento de disfrute.
El cuerpo recuerda lo que la mente intenta olvidar. Por eso, en la terapia corporal, no solo trabajamos con palabras, sino con sensaciones, movimientos, respiración. Porque los mandatos familiares también se alojan en la piel, en los músculos, en la respiración contenida.
El caso de mi clienta
Una de mis clientas (respetando su anonimato) llegó a consulta con un bloqueo que afectaba directamente a su vida íntima.
Me contaba que, justo en el momento de estar con su pareja, su mente empezaba a bombardearla con frases como:
“Estás haciendo algo mal.”
“Eres una guarra.”
“Esto solo lo hacen las furcias.”
Ella sabía, racionalmente, que eso no era verdad. Era una mujer adulta, consciente, con la suficiente madurez para elegir lo que quería hacer con su cuerpo. Y aun así, la fuerza de esas voces internas la sacaba del momento.
Una vez incluso tuvo que detenerlo todo y salir corriendo porque no soportaba más su propio diálogo interno.
Este ejemplo refleja cómo los mandatos familiares no son solo ideas vagas del pasado: aparecen con fuerza en el presente y pueden bloquear nuestro disfrute más íntimo.
Entonces, ¿qué hacemos con estas voces?
Aquí es donde quiero ser clara: no hay tips mágicos, ni fórmulas universales. No funciona con “3 pasos para eliminar tus mandatos familiares”.
Porque esto no es coaching rápido ni autoayuda de frases motivadoras. Esto es terapia profunda, compleja y única para cada mujer.
Lo que sí sabemos es que:
Reconocer estas voces ya es un paso inmenso.
Observar cómo se sienten en el cuerpo nos da pistas de su origen.
Y acompañarnos en el proceso, con respeto y cuidado, nos permite poco a poco soltar esas cadenas invisibles.
Un proceso de liberación
Sanar estos mandatos no significa borrarlos como quien elimina un archivo. Significa darles un lugar, reconocer su origen y decidir cuánto espacio le damos hoy.
Es como decirles: “Vale, entiendo que viniste a protegerme cuando era pequeña, pero ahora ya no me sirve vivir bajo tus reglas”.
El proceso es lento, no lineal y a veces incómodo. Pero también es profundamente liberador. Porque cada vez que eliges escucharte a ti misma por encima de esas voces heredadas, estás reconectando con tu autenticidad y con tu derecho al placer, a la calma, al disfrute.
Reflexión final
Los mandatos familiares están en nosotras, sí. Los aceptamos de niñas porque no había otra opción. Pero hoy, como mujeres adultas, podemos mirarlos con una nueva mirada.
La terapia corporal y emocional ofrece un espacio seguro para hacerlo: un lugar donde sentir, observar y transformar.
No se trata de cambiar de golpe ni de seguir un manual. Se trata de acompañar tu proceso, con tus tiempos, tu historia y tu apertura.
Al final, lo que buscamos todas es lo mismo: liberarnos de esas cadenas invisibles y habitar plenamente nuestro cuerpo, nuestra voz y nuestro deseo.
Y quién sabe, quizá algún día hasta logres reírte de esas voces, como cuando escuchas una canción antigua y piensas: “¿De verdad yo bailaba esto?”.